Sobre la Argentina Mundial

El miércoles 14 de octubre, el seleccionado argentino logró clasificar para el Mundial Sudáfrica 2010 al imponerse por 1-0 ante Uruguay. La oportuna intervención de Mario Bolatti, a los 84 minutos, trajo alivio y estabilidad emocional a la patria futbolera toda. A pesar que el triunfo ponía final satisfactorio al deslucido camino del equipo por las Eliminatorias, fue la conferencia de prensa dada por Diego Armando Maradona la que opacó cualquier parafernalia triunfalista. El director técnico respondió a los críticos de su gestión al canto de “estamos en el mundial con todos los honores, ganándole a un equipo uruguayo que se jugó la vida en todo momento” y agregó “a los que no creían en mí, y con perdón de las damas, que me la sigan chupando, sigan mamando, la tienen adentro”. Muchos periodistas se preguntaron qué hubiera demandado Diego de salir primero en el torneo.

En su momento, las palabras fueron repetidas hasta la saciedad en medios de comunicación de todo el mundo, incluso hasta del planeta. Como Pedro negó tres veces a Jesús durante la crucifixión, antiguos amigos periodistas salieron a reclamar su cabeza. No faltaron los petitorios para excomulgar al Diego de la raza humana. Lo acusaron del mal desempeño de la economía de ese trimestre, y hasta de provocar la calvicie en mayores de 40 años. La Santísima Inquisición, desde cada pantalla de televisión, lo tildó de hereje, irrespetuoso, soberbio, inadecuado para el cargo, hijo’euna’gransiete. Pocas voces de Templarios fueron oídas. Mientras los mercaderes inmediatos comercializaron remeras “que la chupen”, “la tienen adentro” y “que la sigan mamando”. Y aunque me tienta salir a la calle enarbolado con tales insignias, quiero esperar a que saquen mi favorita: con perdón de las damas.

En lo personal, no pude juzgarlo junto a los demás. No que habría importado, pero algo durante aquella conferencia de prensa me impedía bajarle el dedo. Decidí restarle importancia y consagrarme a catalogar los diferentes restos de pelusa de mi ombligo. Días después, recordé una frase anónima que encontré en un envase de preservativos allá por el 2002. La misma afirmaba que ciertas emociones son tan fuertes que no pueden sino expresarse por el gesto contrario. Entonces comprendí por qué aquella violenta proclamación me era tan irreal, comprendí que Diego Armando Maradona estaba aterrado ante su triunfo.

Creo que pocos pueden negarle la categoría de Mito Nacional. Le pese a quién le pese, Argentina se define por su figura y autoría. ¿Cómo no hacerlo? Su leyenda tiene todos los elementos necesarios para la Epopeya Clásica: héroe de origen humilde que, a fuerza de prepotencia de trabajo, se consagra campeón mundial y orgullo nacional, cae ante las garras del mal, encarnado por las drogas y su propia condición de hombre, desciende a los Infiernos desde donde resurge con más fuerza que nunca para reclamar su derecho de entrar al Olimpo. Incluso el traspié del doping y “me cortaron las piernas” lo envolvieron de Gloria, elevándolo por sobre nuestras cabezas como algo más que un hombre: un Santo del Panteón Nacional. Hasta el ’94, el Diego era la suma de todas las virtudes a las que aspiraba el argentino promedio: genio de la pelota, Hombre con todas las letras, soberbio y humilde, contradictorio pero carismático, mordaz oponiéndose a los poderosos, coloreado por la tragedia pero siempre majestuoso Pero, exigencias de la Historia, para “ascender” hay que morirse. Así, y solamente así, se perdonan todos los errores, se anulan todos los cuestionamientos. De lo contrario, las cosas terminan cayendo por su propio peso. En su afán por vivir, Maradona termina convirtiéndose en una figura incómoda para el Ser Nacional, casi un reverso oscuro de la tan protegida argentinidad al palo. Ningún pueblo desea verse la cara al espejo.

Si el seleccionado argentino no clasificaba, la leyenda moría y el Diego, con algo de suerte, sería sólo un tipo común con gran habilidad para mover la pelota. De ahí la verborragia violenta. Supongo que el Mundial traerá nuevas oportunidades.

Ojalá y ocurra.

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