Carta desde Montreal

Querido/a:

Escribo este fárrago epistolar con la intención de referirte algunos secesos que pueden haberme acontecido en los últimos días. Bueno, queriendo conservar cierto orden conviene arrancar con eventos de índole más cotidiana, si se desea utilizar ése mote, para ir progresando hasta aquellas transformaciones significativas de mi existencia.

Pretendo no atosigarte con asuntos lo suficientemente personales como para irritar tus buenas intenciones. Soy, ante todo, y cómo bien sabrás, juicioso en cuanto a cuestiones íntimas y dueño de un temple que me convierte en el más moralista de los inmorales. Evitaré, por consiguiente, humillarme revelando incidentes demasiado vergonzosos para ser admitidos, aunque mi total falta de criterio literario me jugará en contra (como tantas veces antes) empujándome a cometer errores que, por haraganería, no enmendaré. Pido disculpas.

Aunque estoy divagando. No quiero que mi relato se dilate so pretexto de ir aclarando inaclarables. Tengo cosas más importantes que confiarte:

Me creció un mono en el dedo gordo del pie, no hay porqué negarlo. Un monito alegre y simpático al que supe bautizar Constancio, en honor a mi primer suegro y mi segundo auto. Fue durante el último solsticio de verano y confesaré que nada me alegró su partida.

Se trataba de un ejemplar de chimpancé sumamente estándar, de pelo negro y polvoriento, con brazos largos y patas robustas, no tenía cola y los dedos de sus anchos pies eran cortos como escarbadientes, el rostro juventoso, alargado en las puntas, termina en unas adorables orejas puntiagudas pero lo mejor eran sus labios resaltados en rojo. Convenientemente a los husos de esta historia, no era más grande que un guante de boxeo (violenta imagen mental, perdón) y liviano como una pluma: podía levantarlo hasta diera mi elongación muscular sin llegar a sentir el mínimo de presión. Eso sí, era inamovible.

Te preguntarás qué clase de evento milagroso, prodigio de los dioses, lo puso en mi camino… no era una burla del realismo mágico, ni el primer paso de una sagrada tetralogía, ¿podía ser sólo el producto de una imaginación nublada por el alcohol? me propuse averiguarlo ejerciendo sobre su lomo algunos mordiscos y zamarreos. A los que supo responder. Dejando en claro, para todos los comensales, que la realidad tiene un cross de derecha capaz de destrozar más de una mandíbula de hierro.

La pasividad que adoptaría tras nuestra riña, trajo a mi memoria la desesperante figura de mi primer suegro. De su hija apenas si atesoro alguna imagen más que sus groseros dientes marfileños pero de su padre, los minutos en los que, por cualquier razón / motivo / circunstancia, quedábamos solos eran los más incómodos, asfixiantes, deprimentes, degradantes, sofocantes y desodorantes que haya experimentado desde las clases de gimnasia de la secundaria. ¡Ojos gélidos de indiferencia que gustaban atormentándome! No decía palabra, y hasta era afable, pero yo sabía que detrás de ésa fachada ridícula se ocultaba una perversa bestia lanzallamas, devoradora de almas y regurgitadora de esperanzas. Y en honor a mi segundo auto, del que prometí no referirme nunca.

Contrario a mi reservado comportamiento, comencé a relatarle las más variadas anécdotas con impensada fluidez. Deberías haber visto a este pobre tipo expandiéndose y contrayéndose, según el sentido de unos relatos todos peculiares todos maravillosos. No me atrevo a teorizar aquello, tal vez el pequeño ejerció sobre mí algún poder porque, de repente, sentí la necesidad de compartirle aquello trabado en el alma (tantos años en el silencio de la soledad vienen la demacrar la experiencia del hombre, y este termina imaginando que todos los momentos por los que atravesó en su vida morirán condenados al desconocimiento). Cuando a mi memoria acudieron los tristes días presentes, una desoladora amargura me oprimió el pecho. Ensombrecidos los ojos al darme cuenta de la cíclica rutina en la que estaba encerrado, guardé silencio. Constancio, supo sentir en carne propia la pesadumbre que me agobiaba, buscando consolarme produjo un sonoro eructo. ¡Cuánta ternura!

Desconozco la cantidad de alimento propicia para un chimpancé promedio, pero voy a asegurarte que una flauta de pan remojada en vinagre les alcanza para soportar el trajín del día sin complicaciones ulteriores. Acaba de estallar en mi cabeza: durante nuestros días juntos, él jamás mostró deseos de satisfacer cualquier tipo de necesidad fisiológica, por mínima que fuera. Comienzo a dudar que las tuviera.

Recuerdo haber filosofado sobre su curvatura. Nunca había ensayado mis fárragos en frente a otro público que no fueran correctos familiares adormitados pero el primate parecía bastante entretenido con ellos, o con los orificios de mi nariz, que son tanto o más interesantes que mis teorías. Le conté acerca de mi proyecto de urbanización de los espacios públicos (léase plazas, plazoletas, glorietas) haciendo énfasis en cómo mejoraría el tránsito automotriz, haciéndolo más versátil. También recalqué la total inutilidad de mi inventiva y confesé mi inmortal atracción hacia los espacios públicos (léase plazas, plazoletas, glorietas, zaguanes)

Improvisé los más acertados dodecasílabos, asistido por un volumen de las obras completas de Bécquer (¡qué ironía!) y una botella de Jack Daniels mentolado. Aunque poco puedo recordar de aquella faena, quiere perdurar el verso sentado al costado del camino odiado / siento la desdicha de quedar colgado / pensando las respuestas que no he dado / ¿me alcanzas el saco? Ése, el frizado.

 Si has llegado hasta este punto en el relato, tal vez estés jugando con las ideas equivocadas: Constancio no era tan idílico. Si bien su estructura convenía por muchas razones, me era imposible utilizar cualquier tipo de calzado. Eso en verano no interesaba pero el invierno era, y sigue siendo, famoso por su frialdad innata. Debía hacer algo para deshacerme de él. Como zamarrearlo y aletear mis pies no parecía servir tuve que emplear otros métodos:

Primero sumergí el pie en la ducha, esperando que la falta de oxígeno le hiciese alguna mella, pero sólo conseguí que se diera un baño.

Más tarde, probé con la aroma terapia, más no importaban las legumbres Constancio no se movía, aunque sí lloraba.

Por último, intenté cantar Sorreto con la esperanza de que huyera despavorido, como anteriores mascotas, pero únicamente conseguí una sanción policial por contaminación sonora y un contrato de cinco años con una compañía discográfica.

Tuve por bien rechazar el ofrecimiento.

Resolví consultar un especialista. Aunque algo incrédulo, el veterinario Byron accedió a citarse con nosotros en su consultorio, mi módico presupuesto impedía una visita personalizada. No tendría más que saltar sobre el subterráneo.

Contrario a mis sospechas, nadie en la calle se mostró ofendido o perturbado por Constancio. Mi buena fe en la gente es proverbial, y sin embargo, estaba seguro que encontraría un órgano opresor en la primera esquina. Ni bien asomé su cabecita simiesca en el metró, vi venir, embalada, a una gerente organizadora.

—Disculpe señor —dijo con tono amable pero firme—, no puede entrar en esas condiciones a nuestras instalaciones.

—¿En qué condiciones? Pregunté con sonrisa torva

—De ésa manera… descalzo, señor

—Querrá decir que no puedo disfrutar del servicio —y señalé a Constancio—, ¿verdad?

—No, señor. Me refiero a que está prohibido entrar descalzo al coche. La empresa no se hace responsable de los posibles (y seguros) daños que sufrirá.

Me causaba gracia que una figura de mujer, como ésa, evitar tocar abiertamente el tema de Constancio, ¿qué tan hipócrita se podía ser? Le dije que entendía su desconcierto y que, si le representaba un problema grave, podía hablarlo sin tapujos, no había por qué darle tantas vueltas al asunto.

—Usted está en todo su derecho de albergar a quién quiera en su dedo, por eso le pertenece. Y aunque le reconozcamos ésa libertad también es bueno que usted sepa que sus derechos terminan donde comienzan los de la empresa. O sea que a mí me encantaría venir todos los días vestida de cuero al trabajo con mi látigo y mis botas pero no puedo y no debo ya que eso incomodaría a las personas que ven este ámbito como la última esperanza para controlar el tiempo y llegar rápido y llegar seguro a sus destinos. En otras palabras, yo quisiera GRITAR como una loca desaforada exigiendo se me dé un mínimo de atención antes de cometer suicidio pero a nadie parece importarle la pesadumbre humana, lo único que esta gente quiere, y con perfecta razón, es que el tren llegue a horario y los transporte con la mayor rapidez posible para no advertir los jóvenes futuros que se desperdician en estos túneles a golpe de pegamento o para no recordar ésa maloliente, desagradable y putrefacta alimaña conocida como conciencia que se arrastra sobre sus cabezas reclamando reparen los errores del pasado. No joda señor, que el piso está recién baldeado, vuelva cuando tenga zapatos.

No pude sino alejarme extrañado, cuestionando mi propia cordura y la de la gerente organizadora. Creía haber ya superado esa etapa de sospecha pero debí llevar a cabo una prueba en al calle, con los transeúntes. Prueba que consistía en preguntarles si veían a mi monito alegre y simpático. Las respuestas concedidas se pudieron agrupar en cuatro grandes grupos.

Grupo 1:

“Loco de mierda”

Grupo 2:

“No, pero tenés la bragueta abierta” (y similares)

 Grupo 3:

“Loco de mierda”

Grupo 4:

“¡Ay! ¡Qué bonito! ¿qué raza es?

La gente que cuestionaba mi cordura consideraba la pregunta fuera de lugar por demasiado obvia; los que negaban su existencia me estaban cargando porque a menudo reían de manera cómplice o pedían alzar al chiquitín; y la que preguntó de qué raza era no entendía la diferencia entre un chimpancé y un perro. Constancio existía, lo cuál seguía siendo un problema.

Comía un pedazo de pan meditabundo y deprimido, descansando la cabeza en el sofá. Constancio se entretenía con los mosquitos que le revoloteaban alrededor. Todo era quietud y silencio. En un instante, sin previo aviso, el mono saltó del pie y de allí a la ventana, y de allí a la calle, la cruzó y se perdió doblando la esquina. Sin salir de mi asombro pensé “¿Debería seguirlo y ver dónde va, o debería terminar mi cacho de pan?”, opté por lo último que me pareció lo más seguro.

Dudo que hubieras actuado diferente.

¡Además organicé una sangrienta revolución con mis compañeros del Club de Ajedrez! Hemos derrocado el salvaje régimen de Longbotton e instaurado una plutocracia. Te contaría más detalles pero se agota la tinta de mi lapicera.

Saludos cordiales

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