Pánico y Locura con el General Roca

por Giacomo Aldo Yangrante

AFUERA DOLÍA TORRENCIALMENTE  y en la multiplicidad de la estación se amontonaban los espectros. Pesados recorrían los andenes, carentes de sueño y armonía como pequeños e inútiles hijos de la violencia. Pendientes del caprichoso rugir jade, sólo querían volver a sus hogares. Algunas niñas revoloteaban entre los bronces oxidados, ¡Oh, qué hermoso cielo evocaban! Apenas rozando sus vestiditos beige, tan delicadas y pequeñas; como amapolas, esperaban el primer gemido primaveral para extender sus alas y brillar. Por mi parte estaba todavía entero, sobrellevando la intemperie intacto, revoloteado por pensamientos que guionizaban viejas desavenencias políticas, aforismos de moda, jitanjáforas de realidad llevada al extremo, ficción. Pánico & ejercicio sórdido en la estación General Roca. Todo a flor de piel y sin resolver. Películas porno en el puesto de diarios juntos al baño (“La clarividencia anal de Amber” siendo el título más vendido) largos pasillos laberínticos que desembocan en valles maravillosos, periódicos desgraciados de tan amarillos, 1925, líneas de subte, la belleza de los objetos gastados, el Alto Perú. Recorriendo estas instalaciones llegué a encontrar Phillip Morris polacos, pebetes de jamón y queso como ya no existen, las sensaciones que suelen anidar en el pecho, caracoles dulce blanco-negro y ése adictivo milagro que es “El tobogán renacentista” donde se ofertan ¡125! minutos de hielo glúteo por diez pesos. Un rumor aseguraba quel último ferrocarril tendría todavía para mucho en el retraso. La voz de los parlantes no tardó en confirmarlo. Quejas, impropios, epítetos denigrantes, puteadas se alzaron por sobre nuestras cabezas formando una espesa nube de gas corrosivo; todo parecía augurar la sana explosión de violencia y jirones de viseras, donde los impulsos por fin liberados deglutirían las morales pacatas con escupitajos viciosos y depravación de las fuerzas públicas. Con suerte, los sobrevivientes organizaríamos una orgía sanadora. Inconvenientemente, salvo el incendio de una marquesina fosforescente, y algunos disparos al aire (me dejé llevar) todo expiró. Disculpe caballero, ¿podría subirse los calzoncillos en presencia de mi esposa? Sus protuberancias la hacen sonreír. Entré a un negocio exigiendo jugo ruso, pero el dueño estaba muy ocupado disparándose a bocajarro con un rifle. Intenté mejor suerte en una bar / restaurante manejado por una mujer enjuta de nalgas llamada Doris, ¿sienten ganas de castrarse? Quiso venderme unos chupetines de hormiga con pequeñas orejas de durazno, estábamos en territorio vampiro. Escuché un ventanal estallar en mil pedazos culpa de una tormenta desprendida. Sonreí, me estaban filmando. Un sombrero azul de pantalones abombados se apartó del resto para hojear el diario, tenía el cuello como un globo desinflado y burbujeaba expresiones faciales incómodas. Huele carne femenina gracias a un movimiento furtivo de cerebro, se deleita. Anticipa grandes posibilidades de sexo del sabroso. La puta tenía piernas, lo cual representaba una ventaja, y un agujero en el medio, pechugona, su tarifa no podía ser elevada: carecía de falanges. Galante famélico. Ella no le prestó real atención, sólo se dejó conducir al baño para que él calmara sus miedos. Todo terminó en un instante viscoso. Y la fémina usada paga sus copas con monedas falsas mientras ratas perfumadas le putean su impronta. Solicitarán sus abrazos cuando la noche traiga relámpagos. Ya que estaba admiré los baños, región donde las retinas se dilatan y no existe otra realidad que la palpable, parada obligada de cualquier turista de lo pavoroso. Construidos a base de copulaciones, desprendimientos del súper yo, negligencia homosexual (todavía nadie sabe qué rata lo confesó todo) y propaganda municipal (“Usted eyacula gracias al Gobierno de la Ciudad”); no pude evitar defecar sobre la mampostería. También recayeron mis ojos en su paralelo femenino, menos inundado de fantasía, es cierto, pero más ronco y denigrante, recuerdo haber gritado “¡Santa Mierda! ¿pueden hacer eso frente a una cámara?”. Jadeos almendra. Cuando estaban por echarme, el baño entero fue arrasado por una ráfaga de viento. Tres chicos agachados jugaban a la bolita en el extremo opuesto del escenario, manejaban con tal habilidad sus pulgares que parecía imposible que alguno llevara la ventaja. Me acerqué para conversar, “con pegamento podemos jugar casi ocho días seguidos” “sí, una vez que se te desarma la cabeza: no te das cuenta del tiempo” “a veces hasta tenemos público”. Ni siquiera el rayo que partió el suelo bajo nuestros pies pudo perturbar su juego infinito. ¡Bang! Todos corramos asustados ahora que la tormenta ha comenzado a devorarse la estación entera ¡Un tornado árido y sangriento en una tierra iridiscente y áspera, apestada de podredumbre! ¡Agiten poderes del universo su ira descomunal sobre esta pequeña ronda de escoria humana! ¡Somos apenas una muestra de la constante degradación de la que nos volvimos víctimas y victimarios! ¡Azótanos, oh poderosa verga infernal! Sobre una montaña de escombros contemplo la llegada del último tren. Sus pasajeros bajan, curiosean con morbosidad alrededor de algunos cuerpos y continúan con sus vidas. Jadeos almendra. Ahí van los hombres, rengos de deseos, censurando sueños, atrayendo pesadillas. Arriba, una bandada de pájaros dibuja el mapa del cielo.

Extraído del libro “Ése hombre que nos acompaña” selección de artículos periodísticos y de crítica del autor colombiano.

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