LOS PROFESIONALES I, ep. 04

En uno de los episodios de “Los Profesionales” Carlos Giménez narra tu llegada a la agencia Selecciones Ilustradas (S.I.). Eras un crío.

Yo quería dibujar tebeos, pero era complicado saber a dónde acudir. Le comenté a mi padre que un tal Toutain era director de una agencia de dibujantes. (…)

¿Cuántos años tenías?

Catorce.

(…) ¿Cómo era la agencia de Josep Toutain?

Toutain no era un mal dibujante, pero descubrió que podía ganar más dinero como agente que dibujando. Por el origen francés de su padre conocía el idioma, así que cogió dibujos de amigos suyos (López Espí, Jose María Miralles) y se fue a Paris. Regresó con contratos y, sobre todo, guiones. Como España estaba en la miseria, nuestros precios eran una ganga en comparación con los de los dibujantes franceses. Y así nació Selecciones Ilustradas. Toutain tenía tanta oferta de trabajo de editoriales cutres europeas que necesitaba dibujantes a punta pala y así la agencia se convirtió en Alaska, la Tierra del Oro, a donde llegaban chavales de toda España absolutamente demenciados por el cómic. Se presentaban en la puerta con una carpeta y cuatro dibujitos y, si tenían un poco de mano, Toutain les decía lo que tenían que dibujar y en quince días estaban ganando una buena cantidad de dinero.

(…) Leí que el uso de centraminas fue algo habitual en Selecciones Ilustradas.

En la primera etapa, durante la década de los 50. Imagina qué disloque. Yo tenía 17 años, acababa de terminar el bachillerato en los Maristas, estudiaba Artes y Oficios y por la tarde acudía a la agencia a aprender. Al lado había una farmacia para la que fuimos una mina porque regularmente le encargábamos una larga lista de fármacos. En la sección de administración había un cartel público en el que cada uno anotaba los medicamentos que necesitaba.

Vaya, una cosa muy formalizada.

Sí, era por el descuento que nos hacían dada la cantidad. Piensa que se aprovechaba también para los encargos familiares de cualquier medicamento. Por lo que ha estimulantes respecta se pedía centramina, dexidrina y simpatina. Entonces no había noción de lo que era, se consideraban como vitaminas y todos teníamos encima de la mesa. Cuando llegaba una sobrecarga de trabajo tomábamos una pastilla y ¡bum! a plena marcha de puta madre. Estuvimos así dos años hasta que comenzó el rumor de que era peligroso. En una ocasión, fruto de una crisis anfetamínica, repetí una página de dos viñetas sin darme cuenta. Pero no era cosa de nosotros, era media España la que tomaba.

El icono de la ama de casa de los 60 puesta de anfetamina es clásico.

Se recomendaba para adelgazar, como estimulante, como revitalizante relacionado con la anemia. Cuando salíamos de S.I. cogíamos el tranvía y nos venía el bajón. Acabábamos dormidos dentro del vagón y despertábamos en las cocheras, al final del trayecto. Éramos los fantasmas del tranvía. Pero era una cosa muy inocente que incluso explicábamos en casa.

Uno de tus primeros trabajos como profesional fueron tebeos románticos y pre-yeyés para niñas inglesas.

Francia se le quedó pequeña a Toutain y viajó a Gran Bretaña con la misma táctica: «tengo un ejército de dibujantes por cuatro pesetas». Los ingleses tenían como quince revistas para niñas. Empezamos a recibir guiones de la IPC-Fleetway para personajes como “Jackie” o “Valentine”. Eran historias románticas relacionadas con la música, una música pre-Beatles, crooners jovencitos como Tommy Steele, Johnnie Ray. Era todo muy light, muy finito; aunque se acercaba el gran desmadre, se intuía que el rock and roll estaba a punto de estallar definitivamente.

Pero eso, para un españolito de 18 años, debía ser complejo.

Nadie tenía ni puta idea de lo que era Londres. La noción que teníamos de la capital inglesa era la de las películas de Jack el Destripador, con el Támesis envuelto en niebla, así que dibujábamos barbaridades. Si un guión decía que la pareja Tommy y Sally viajaba en el segundo piso de un autobús londinense, nosotros dibujábamos en las ventanas los techos de las casas, las antenas, que es lo que se vería si un autobús de ese tipo circulase por la España de esos años. Nos preguntábamos qué coño era una boca de riego. Cuando el guión indicaba que en una plaza había dos ancianos dando de comer a las palomas, nosotros les dibujábamos boinas en la cabeza, porque ese era nuestro código para ilustrar la vejez, y entonces recibíamos un telegrama de Fleetway preguntado por qué coño poníamos trapos negros en la cabeza de los viejos. Nos devolvían las páginas y teníamos que borrar con gouache todas las boinas. Era espantoso. Nos inventamos un Londres que luego leían cientos de niñas inglesas.

En realidad es bastante surrealista.

Sí. Yo en las habitaciones dibujaba los interruptores habituales de la España de posguerra, que tenían forma de pera. Extrapolábamos lo que veíamos aquí, y aquellas niñas debían pensar «¿de dónde salen estas cosas tan raras?». Yo había llegado a poner niebla dentro de las casas. Seamos rigurosos: si en Londres había niebla… cuando abrían las ventanas entraba dentro de las casas. Y otra vez, telegrama de Fleetway: «por favor, que me quite ese tío la niebla de dentro de las habitaciones». Llegué a dibujar una familia inglesa cenando en la sala de su casa envueltos en niebla.

Enlaces externos:

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Sitio oficial de Carlos Giménez

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One comment

  1. Joan Foix · mayo 15, 2014

    Permítaseme precisar que los diálogos forman parte de una extensa entrevista realizada por Sr. ausente a Josep Maria Beà en la revista Mondobrutto nº 39.

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