El curioso incidente del perro a medianoche

A sus quince años, Christopher Boone conoce todas las capitales de todos los países del mundo, puede explicar la teoría de la relatividad y recitar los números primos hasta el 7507, pero le cuesta relacionarse con otros seres humanos. Le gustan las listas, los esquemas y la verdad, pero odia el amarillo, el marrón y el contacto físico.

Si bien nunca ha ido solo más allá de la tienda de la esquina, la noche que el perro de una vecina aparece atravesado por un horcón, Christopher decide iniciar la búsqueda del culpable. Emulando a su admirado Sherlock Holmes, sus pesquisas lo llevarán a cuestionar el sentido común de los adultos que lo rodean y a desvelar algunos secretos familiares que pondrán patas arriba su ordenado y seguro mundo.

Éste no va a ser un libro gracioso. Mark Haddon (1962, Northampton) creyó que el mejor camino para convertirse en escritor profesional era por medio de la literatura infantil. Así fue como, aprovechando su habilidad para el dibujo y la pintura, comenzó una prolifera carrera que se extendió por varios títulos. El verdadero éxito le llegaría con la serie de novelas Agent Z, sobre un trío de tempranos adolescentes que aterrorizaban a sus vecinos con bombas de olor y falsas invasiones alienígenas.

Pero fue esta fama de escritor para niños la que lo mantuvo alejado del cerrado universo de la literatura adultera. Bajo algún prejuicio u otro, ninguna editorial quería arriesgarse a brindarle una oportunidad. “Básicamente,” confesó en una entrevista en el Southern Literary Messenger “está permitido el pasaje de Viaje olvidado a La naranja maravillosa pero no a la inversa […]  Igual yo me tomaba demasiado en serio mis novelas, llegué a escribir cinco en total, auténticos dramas soporíferos con los que ni siquiera podía mantener mis muebles nivelados”.

Al año de haberse publicado, The incident with the dog at the night-time recibió los premios Whitbread y Commonwelth, además de ser considerada una de las  mejores en su año de aparición.

Una novela policíaca. Narrada en primera persona por el propio Christopher, la trama logra la complicidad inmediata al pervertir las convenciones del género en que se enmarca: el policial clásico de enigma. Todo inicia con un crimen, el de un caniche; esto pone en marcha a un incansable investigador, deficiente mental; en el medio hay una femme fatale, su madre; y no puede faltar la policía, siempre negligente y corrupta; las traiciones, engaños, actores judíos y un infierno que se oculta detrás de las buenas costumbres de un pequeño pueblo en las afueras de Londres.

“La extrañeza, como cualidad” escribió el crítico Evelynn Temple “, está aportada por el lector mismo quién, un vez dentro del juego propuesto, contempla los lineales razonamientos del narrador y entiende el error al que se está dirigiendo. La hipocresía cotidiana, los pequeños crímenes familiares y la melancolía de morir en este mundo y de vivir sin una estúpida razón, no existen para Christopher pero nosotros hacemos de lo no dicho un llaga cerebral. De este remolino de percepciones nace la extraordinaria fuerza narrativa de la novela”.

A media lectura, la trama da un giro de 360 grados convirtiéndose en una vertiginosa huida hacia Londres. Cuando el castillo de naipes de Christopher se desploma ante sus ojos, el policial siglo XXI revela su auténtica condición de drama decimonónico. El cómo, cuándo y por qué del asesino no importan, y no porque pasen a un segundo plano, sino, al contrario, porque jamás formaron parte de una historia que habla acerca de la falta de comunicación y de la hipocresía en que se desarrollan nuestras existencias.

La gente me provoca confusión. Uno de los aspectos que contribuyen al disfrute de la novela está dado por la excelente caracterización que hace Haddon del narrador. Su trabajo previo al lado de chicos con enfermedades mentales, le ayudó a crear el excéntrico, pero verosímil, universo del adolescente y dotarlo con una serie de matices tan entrañables como maravillosos (la obsesión de Christopher por las matemáticas que lo lleva a numerar los capítulos de su libro utilizando números primos; la actitud condenatoria ante las mentiras y quienes las pronuncian; el simpático método para decidir qué día será excelente, bueno o pésimo de acuerdo al color de los primeros autos que encuentra su camino al colegio).

El escritor ya había mostrado gran habilidad para retratar los miedos, curiosidades y pensamientos de sus personajes. “Muchas de las bromas ideadas por Ben, Barney y James [protagonistas de la serie Agent Z] son réplicas ficcionalizadas de aquellas que yo solía gastarle a mis vecinos. Claro,  con resultados diferentes. Tal vez deba volver a hablar con la señora Donovitch, a lo mejor sus cejas hayan vuelto a crecer. Para The incident intenté primero divertirme yo, en un principio ni siquiera creía que iba a convertirse en una pieza de ‘literatura adulta’. Leí muchos escritos hechos por gente con distintos niveles de autismo, y aunque [Doubleday, la editorial que publicó originalmente el libro] juren y perjuren que Christopher sufre de Asperger, la verdad que es que sé bien poco sobre ese padecimiento. Pero ya saben cómo es: en los departamentos de marketing se concentra toda la sabiduría del universo”.

Conmovedora, fresca, entretenida, sin concesiones y por momentos brutal, The incident consigue abrir un diálogo sobre aquellos pequeños crímenes imperceptibles de los que somos víctimas y, la mayoría de las veces, victimarios.

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