(felÍZ cUMpLeAÑOs…)

Cuando todo se va para arriba

¡Qué semanita!

Arranqué temprano, pero ya antes de salir de casa, Berta me advirtió, mientras me servía el desayuno envuelta en un camisón de frisa, el acolchado matrimonial, el sobretodo para atravesar la guerra fría y los restos de la colcha del perro:

– Tato, yo que vos ni salía. Está todo el mundo con la vista puesta en el Vaticano, algunos con los oídos atentos a lo que pasa en Mónaco, los menos mirando la ventana de la casa de Alsogaray, y la canasta familiar también se va a las nubes. Así que ni se te ocurra repartir preservativos.

De todos modos me puse los patines antiresbaladizos y la peluca antiflama y rajé a ver eso del aumento de precios, que acá en la Argentina hablar de inflación es como recibir la noticia de que la suegra se te viene a instalar a casa por tiempo indefinido ¿nocierto?

Lo primero que hice fue mandarme a la zona de Puerto Madero, a la oficina de un conocido capitán de la industria, mi gran amigo José Formador de Precios, que desde que el dólar se puso tres a uno con el peso, gracias a la guita que tiene metida arafue, más que capitán vendría a ser como Almirante Intergaláctco de la Industria.

-¡Tato, qué justo que me cae! – me dijo desde atrás de un escritorio de madera de sarcófago de faraón del tercer período, trabajada por artesanos renacentistas con aceites traídos de la China por Marco Polo, comprado en un remate parisino por el bisabuelo cuando viajaba a Europa con vaca y todo en el barco – Acérquese y acompáñeme a contemplar el crecimiento de este generoso y bendito país.

– ¿De qué crecimiento me hablás, José, si la gente está cabrera porque lo único que crecen son los precios? – le dije mientras me limpiaba las solapas de un tufo a patria contratista que se mezclaba con el popurrí de Cacharel que flotaba en al aire

– Justamente, Tato, justamente. Yo a estos precios los vi nacer, los y agarré cuando eran así de chiquititos – me contestó mientras sacaba del humificador un habano enrollado por una cigarrera cubana de antes que los barbudos bajaran de la Sierra Maestra, y lo encendía con un encendedor de oro autografiado por Soros, bajo la leyenda “¡Grande, Pá!”- imagínese la emoción que me agarra cuando los veo crecer y ponerse grandes fuertes y robustos, y todo gracias a mis decisiones ¿se da cuenta?

Yo la verdad que le dije que me daba cuenta de unas cuantas cosas pero que si se las decía se iba a poner colorado y a punto de ebullición como un adolescente frente a su primera porno, así que lo saludé, le dejé un vale por un preservativo a canjear la semana que viene con un cartelito que decía “Si lo ve crecer, úselo. No sólo es sano que todo lo que sube baje: es imperativo”, y me fui a ver si alguien me podía explicar por qué cuando la cosa se empieza a poner tranquila de golpe empiezan a aumentar los precios.

Me mandé de raje al Ministerio de Economía, a ver a mi gran amigo el ministro Roberto Lavagna, pero su secretaria me dijo algo sobre que se había ido unos días al campo a meter unos espantapájaros contra los fondos buitres o algo así, y en lo que me iba me lo di de jeta a mi gran amigo, el Ministro Aníbal Fernández, del dúo de bigotes Fernández y Fernández, que me interceptó más rápido que puntero a un fajo de planes trabajar, y me llevó contra un rincón

– Tato, me dicen que usted anda sembrando rumores derrotistas sobre un presunto rebrote inflacionario ¿es así?- me dijo mientras los pelos del bigote se le movían como si estuviera cantando “Yo soy la morsa” – Piense lo que me va a contestar, mire que le mando a los amigos piqueteros para que le boicoteen la casa ¿eh?

– Pero mi querido Aníbal, qué sensibles que están los ánimos – le dije mientras me lo sacaba de encima como a una intimación del Fondo – ¿Qué pasó? ¿La economía viaja por correo simple y la inflación vuela por internet?

– Mire Tato, no me venga con frivolidades inflacionarias en un momento en que todo el mundo está pendiente por la salud de Su Santidad – me dijo mientras se tusaba el tegobi para parecer el malo de las películas de Chaplin. – Además usted sabe que tenemos todo bajo control. Y a lo que no controlamos le pedimos la renuncia, le mandamos los muchachos o le retiramos la pauta de publicidad, así que quedesé tranquilo y fume que acá está todo bien.

No lo quise contrariar porque cuando levanta mostaza el bigote se le brota como un puercoespín y mete más miedo que el recuerdo de Martínez de Hoz, así que me le zafé como pude del clinch, le palmeé el escudito kirchnerista que tenía bordado en el bolsillo del blazer encima del escudito duhaldista, que estaba fijo encima del escudito menemista, le dejé un vale por un preservativo a cobrar la semana que viene, con un cartelito que decía “Úselo; no lo controle más, dejelo fluir y sea feliz, que para usted es mejor y para nosotros ni le cuento” y me fui a ver si había novedades con esos temas peliagudos de gente que estaba al borde de dejarnos para siempre.

En lo que estaba patinando rumbo al Cementerio de la Recoleta, se me apareció mi gran amigo el Capitán Ingeniero don Alvaro Alsogaray. ¡Casi me muero de nuevo!

– No entre, Tato – me dijo mientras recuperaba furioso el tic con el ojo y movía desaforado las orejas – La ceremonia terminó y están los mismos cuatro de siempre. ¿Hay algo que tenga que saber antes de verlo al Barba?

– Mmm… qué quiere que le diga. Si al principio no le da pelota, usted siga intentando. – le dije mientras le acomodaba las solapas del traje verde oliva – Si llenó un estadio de River para un acto, haciendo pagar entrada a los asistentes, todo es posible.

Y me volví para casa un poco triste, porque ver partir a los amigos es fulero, pero tampoco es alentador cuando la palman los que son pedazos de la historia que nos tocó monologar, aunque uno no haya compartido ni un colectivo con ellos ¿verdad?

Y en eso estaba cuando la tele anunció que también el Papa estaba entrando en la inmortalidad. Miré para arriba y estaba ingresando por la puerta grande. Se dio vuelta y me pareció leerle en los labios clarito, clarito “Deje de repartir preservativos”. Me saludó con la mano y se fue, dejando una agujero así de grande y un cuicui enorme por lo que vendrá.

Así que ya saben, mis queridos chichipíos. A sacudirse la mufa, que son rachas que van y vienen, a peinarse y ponerse limpitos, que siempre hay posibilidad de salir en la foto, a cinchar hasta que las ganas duelan, vermouth con papas fritas y… ¡Good Show!

Enlaces externos

Tato Querido!

Monólogos

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