(Los SimULadOREs, parte I)

En el año 2000, un grupo de actores se cansaron de esperar que la montaña fuera a Mahoma y decidieron armar ellos mismos una serie de ficción. Lo que empezó con una idea chiquita, terminó convirtiéndose en el mejor programa de la televisión argentina y un fenómeno popular que, al día de hoy, diez años después de su estreno, sigue vigente.

Una de la máximas del arte es que sino existe el medio para expresarte, tenés que crearlo. Más o menos, eso rondaba por la cabeza de Alejandro Fiore cuando le propuso a Martín Seefeldhacer un programita para cable, algo de media hora, para paliar la angustia de estar esperando a que los canales te llamen“. Con la idea de producir de su propio bolsillo el futuro programa, decidieron contactar a Federico D’Elia y Diego Peretti quienes también se entusiasmaron con el proyecto. Los cuatro ya se conocían de haber compartido otros trabajos y, lo que resultó ser fundamental para su futuro éxito, eran buenos amigos. Entre las primeras ideas que barajaron, estaba una comedia costumbrista en la línea de lo que fue “Los Machos” (Maestro y Vaiman, Canal 13, 1994).  Pero fue la inclusión de Damián Szifrón, lo que daría vuelta la tortilla.

Szifrón, un autodefinido “fanático de las películas pochocleras“, había dirigido algunos cortometrajes y tenía relativa experiencia en el medio televisivo.  Fue él quién trajo la idea de los simuladores: un grupo de personas que, pago previo del costo del operativo más la mano de obra y la logística, solucionaban problemas domésticos. Pero también, aportó la filosofía del programa: televisión pasatista, bien pensada, pocos capítulos e historias autoconclusivas.

El primer capítulo se rodó a finales del año 2000 (más o menos al mismo tiempo que el propio Szifrón rodaba “El fondo del mar“) y estuvo un año recorriendo canales de televisión. Hasta que Claudio Villarruel, director de contenidos de Telefé, decidió dar el visto bueno para el primer ciclo de 13 capítulos. Y luego pasó el desastre:

En 2 de Diciembre de 2001, mientras rodaban el tercer capítulo, el Gobierno Argentino anunció un corralito financiero que freezaba todas las cuentas bancarias. Ningún cajero daba más de 250 pesos a sus usuarios. El comercio estaba paralizado. El país entraba en una debacle económica y social que explotaría con los hechos del 20 / 21 del mismo mes, con 39 personas asesinadas por las fuerzas policiales.

Los muchachos, que tenían el aval de Telefé pero todavía no había fecha de estreno, decidieron seguir adelante aún cuando todo indicaba que iban a fracasar. Irónicamente, el clima de malestar social sería una parte fundamental de su éxito.

Rodaje del quinto capítulo, 1er ciclo, “El pequeño simulador”

El formato

La base del programa era la siguiente: un grupo de personas con diversas habilidades, ponía en marcha operativos de simulacro para dar solución a problemas cotidianos como, por ejemplo, recuperar a una novia, aprobar un examen, devolverle las ganas de vivir a una señora depresiva o conseguir que la impresentable familia de una chica le caiga bien a sus futuros suegros. Los operativos eran de una complejidad abismal y estaban realizados con precisión milimétrica, no sólo por los cuatros protagonistas sino también por su grupo de ayudantes voluntarios. Y ahí estaba el chiste. Los Simuladores daban fin a tu problema pero con la condición de que estés dispuesto a darles una mano, cuando lo necesitaran. Pero ellos no bailaban por plata nada más, en ciertos casos (cuando el cliente era muy humilde), traspasaban los costos a terceros o “canjeaban” la deuda por otros servicios.

Tomándose en serio lo justo y necesario, Szifrón y su equipo de guionistas (entre los que estaba también Peretti), conseguían volver verosímiles las premisas más extravagantes (aliens, vampiros, espías soviéticos pactando entregas de uranio en la Estación Constitución, clones, androides, etcétera). La combinación de aventuras, humor, cierta crítica social velada y el juego cómplice con el espectador, tomó por sorpresa a todo el mundo y la serie pasó a ser un éxito.

Otro de los puntos fuertes de Los Simuladores eran sus protagonistas. Marios Santos (Federico D’Elia) como el encargo de la logística y planificación, Emilio Ravenna (Diego Peretti) como el encargo de la caracterización de personajes varios, Pablo Lamponne (Alejandro Fiore) como el experto en técnica y movilidad y Gabriel Medina (Martin Siefeld) a cargo de las investigaciones de los clientes y las víctimas de los operativos. La fuerza de estos personajes estaba en que, a pesar de ser los motores de la acción, ni siquiera nosotros como espectadores los conocíamos. Nunca supimos el por qué se conformaron ni cuál fue su primer caso. Tampoco qué hacía cuando no estaban “trabajando”. Ése halo de misterio, ésa incertidumbre, era uno de los mayores logros de la serie.

Damián Szifrón

El primer ciclo

Con aire el 21 de marzo de 2002 y un total de trece episodios, la primera tanda de Los Simuladores se muestra hoy como la mejor lograda. Muchas películas o series que basan su premisa en las vueltas argumentales y la incertidumbre del “¿hacia dónde van los personajes ahora?”; se recienten ante un segundo visionado (te estoy mirando a vos Nueve Reinas). Pero, en este caso, los capítulos siguen funcionado maravillosamente.

El primer capítulo es el único que desentona con el resto de la serie. No está la estética ni el humor característico del programa, los personajes no están del todo definidos ni su profesionalismo es tan apabullante. Esto ocurrió porque, como dijimos, el piloto circuló durante casi un año antes de encontrar su espacio y, para cuando lo hizo, los realizadores incluyeron algunas mejoras. En un principio, la serie iba de aventuras con ligeros toques de humor y sólo cuando comenzaron la producción del resto, decidieron darle mayor incidencia a la veta cómica de la premisa.

Antes, señalamos que la serie fue un bálsamo de optimismo para una Argentina maltratada. Es injusto decir que allí radicó todo el éxito de Simuladores. Sí, el espectador se veía identificado en los clientes porque estos eran trabajadores, amas de casas, empleados de bajo rango, albañiles, tipos comunes como quien dice. Sí, la sociedad tenía ganas de un cambio social pero también de divertirse, olvidarse de sus problemas, y un programa con un grupo de expertos infalibles en resolver temas cotidianos, era lo que necesitábamos. Pero nada de esto hubiera sido posible, sin los inteligentes guiones, la extraordinaria puesta en escena y el impecable trabajo de producción.

Esta maravillosa combinación de factores creativos y sociales, hizo que el programa levantara el Martín Fierro de Oro ese mismo año.

Interludio

Cuando se anunció que Simuladores volvería en 2003, también se dejó saber que sería por última vez. Esto impactó a los espectadores y rumores de peleas internas, falta de financiación y otras pavadas surgieron en su momento. Lo cierto es que Szifrón dió las mejores razones posibles para terminar: no se le ocurrían buenas nuevas ideas. Y eso es algo que se nota y analizaremos… la semana que viene.

Parte II

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