(1966, THE HOBBIT)

La increíble y no tan cierta historia de la primera adaptación cinematográfica de The Hobbit

Lo que a Peter Jackson le toma tres películas, Gene Deitch  lo hace en doce minutos. Y nadie nunca lo sabrá. Remontemos la máquina del tiempo hasta 1964, con William L. Snyder y su adquisición de los derechos para cine de la obra de Tolkien. Su idea era crear un filme de animación de gran escala amparado en los elementos fantásticos del libro. Ya tenía bastante experiencia en el campo de la animación, habiendo producido Popeye entre otras cosas, pero quería que The Hobbit fuera su gran entrada a los círculos más comerciales.

La tarea fue dada a Gene Deitch, quien ya tenía experiencia como animador y director de series como Tom & Jerry y Tom Terrific. Deitch pasó dos años trabajando en el guión e introdujo algunas alteraciones hoy por hoy consideradas terribles: redujo el número de enanos de trece a solamente tres, eliminó las referencias hacia los antepasados de Thorin, incorporó a una Princesa que funcionaría como interés romántico de Bilbo y modificó el final. Puede que hoy esto suene a sacrilegio, pero recordemos que The Hobbit no era ni remotamente tan popular como lo es hoy día, por lo que Deitch tuvo mayor libertad para adaptarlo a sus gustos estéticos (sin esperar quejas de fans iracundos).

Con el guión ya terminado ocurrió algo increíble: El Señor de los Anillos fue publicado en edicion de bolsillo, mucho más económica, y la fiebre por Tolkien comenzó a crecer. Snyder se encontró, literalmente, sentado sobre una mina de oro puro (cual dragón Smaugg) y sólo había pagado unos dinerillos. Rápidamente, Deitch modificó el guión y cambió el final por uno que dejara abierta la puerta a la secuela. Snyder comenzó a negociar con la 20th Century Fox para formar parte de la producción. Y la familia Tolkien estaba deseosa de sacarle los derechos y aceptar alguna de las suculentas ofertas que recibían para adaptar sus libros. Pero no necesitaron contratar asesinos a sueldo: Snyder lo arruinó todo poniéndose muy codicioso con la Fox y, pronto, nadie quería formar parte del Tren Tolkien.

Deitch, muy a su pesar, pasó a otros proyectos. Hasta que sonó su teléfono y escuchó la voz de Snydeer diciendo algo muy parecido a:

-Tito?

-Mmm, ¿hola?

-Tito! No sabía si eras vos, estas líneas se cruzan a cada rato. Escuchame Tito, esto es muy importante: te acordás de The Hobbit?

-Mi proyecto soñado? Al cuál invertí dos años enteros de mi vida, sólo para verlos destruidos por tu codicia y estupidez?… apenas me acuerdo.

-Así me gusta! Bueno, el tema es que estás todavía obligado por contrato a realizar la película. La necesito lista en 30 días.

-…

-Tomo tu silencio como un entusiasta “¡Sí!”. Cuando compré los derechos, había una cláusula de vencimiento para el 30 de junio de 1966. A menos, a menos, que realice alguna clase de adaptación cinematográfica en color, que sea estrenada en algún cine de los Estados Unidos.

-No puedo tener una película lista en 30 días…

-Ahí está el chiste! Para retener los derechos, solamente tengo que estrenar pero, en ningún lado del contrato especifica,  y créeme los Tolkien lo han leído y re leído, la duración que dicha adaptación debe tener.

-Me perdí…

-Dale, Tito, media pila, si hacés un cortometraje de, no sé, 12 minutos, los derechos se quedan conmigo.

-Pero tendríamos que estrenarla en algún lado…

-Vos fumá nene, yo reservo una pequeña sala en New York, bajamos a la calle a buscar gente, les pagamos diez centavos para que vengan a verla. Lo único es que deberán filmar un papal diciendo que había pagado la entrada para verla [esto en verdad ocurrió] y… voilá! Todos contentos!!!

-Excepto yo, los Tolkien, sus abogados, la comunidad cinematográfica en general y la Humanidad, en particular.

-Las abejas no tendrán ningún problema, te lo juro…

Así, el 29 de junio de 1966, justo un día antes que se vencieran los derechos de la obra, Dietch estrenó su particular versión de The Hobbit. Lo cierto es que no se puede juzgar el resultado final: Dietch y su equipo trabajó incansablemente para reducir el guión a unas pocas escenas claves, salvar, restaurar y reciclar el trabajo de diseño de personajes /escenarios ya realizados y mantener cierta coherencia. Además de filmarlo, editarlo, grabar las voces y llegar vivo al 30 de Junio con gente en la sala del cine.

El diseño de personajes, simple pero efectivo, corrió por cuenta del ilustrador checo Adolf Born mientras que Herb Lass, un locutor checo que retransmitía noticias en inglés, se encargó de la narración en off y voz de los personajes (la anécdota no aclara si también dobló a la Princesa). Vaclav Lidl, amigo de Dietch, prestó algunas de sus composiciones para el filme.

Proyectada la película, notificados los abogados, Snyder inmediatamente vendió los derechos de la obra de Tolkien por unos módicos 100.000 dólares (que, en esos tumultuosos días, debían equivaler a unos varios millones de hoy). El cortometraje cayó en el más absoluto olvido, ni Peter Jackson sabía de él, hasta que el propio Dietch lo recuperó en su web contando, de paso, esta bizarra, maravillosa, increíble y real historia de la primera adaptación al cine de Tolkien.

Enlaces Externos

Gene Dietch: roll the credits

El Señor de los Anillos de Ralph Bakshi

(hago listas, luego existo)

to-do-list-nothing

Haga una lista

por Juan Tallón

desde JotDown

Cuando el cabo de la Guardia Civil palpó los bolsillos de Andrés V.T., por si acaso, halló en la camisa un mechero del Partido Popular en las últimas y un papel doblado en dos, arrugado y grasiento, con un lejano olor a empanada de congrio. No tuvo valor suficiente para abrirlo y se lo entregó a la juez de guardia, que estaba a su lado. Esta, después de darle lectura, agilizó el levantamiento del cadáver. Aquel trozo de papel contenía una lista redactada a bolígrafo, en una columna, con proliferación de infinitivos en muy mala letra. Solo aplicando cierto esfuerzo deductivo podía leerse: “Injertar castaño. Dar de comer a gallinas. Recoger huevos. Pagar fontanero. Ir a putas. Cerrar bombona. Perro. Matarme”. La investigación posterior corroboró que, en efecto, antes de suicidarse con sulfato de amonio para fertilizar las vides, Andrés (63 años, soltero, sin familia directa) había llevado a cabo todos los propósitos que recogía la lista, incluyendo una estancia de media hora con una de las chicas de El Francés y el ahorcamiento de su setter inglés. Sobre cada tarea, por así decir, la víctima había trazado sucesivamente una tachadura, a modo de “resuelto”.

Esto sucedió hace catorce años en una localidad del interior de Ourense, en la frontera con Portugal. Es una historia más sobre la vida y la muerte del hombre solo, pero también un capítulo en la prolífica historia de las listas. Está entre las atroces, imposibles de olvidar. Y nos revela que ni en las peores circunstancias las personas dejamos de elaborar listas. Es una maniobra primaria. Naces, creces, follas —a poca suerte que tengas—, haces listas, mueres. En el fondo, la vida son unos pocos verbos separados por comas y, muchas veces, mala letra. Es decir, la vida es una lista. Read More