(la psicología de los centros comerciales)

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Tu vieja…

Sí, Centros Comerciales ¿cuál hay? Shopping es otra de las palabras condenadas del castellano por ese horrendo fonéma “sh-“, creador de aberrantes títulos como “Sho-ana”, “She-ssica” y “Sha-cimiento petrolero argentino”.

La idea básica de un Shop.. Centro Comercial es que gastemos nuestro dinero, obviamente. No hay ningún misterio ahí. La cuestión a dilucidar es exactamente cómo somos condicionados para hacerlo.

La clave del éxito es la desorientación:
Uno pierde la noción del tiempo. No hay relojes, ni televisores (que no publiciten tal o cuál producto), y los grandes ventanales no consiguen reflejar el mundo exterior, a pesar de su tamaño.
Luces estridentes. Por todos lados, marquesinas, posters, en las paredes, el piso, los techos, los marcos de las puertas, etcétera. A esto, le sumamos que las luces se reflejan en los pisos y la música ambiente es estridente y, en ocasiones, bastante fuerte.
Confort y discreción. Otro mundo ocurre dentro de los locales. Alfombras, luces bajas, música relajante, cualquier queja desaparece. Esta doble trampa está diseñada para incomodarnos en los pasillos, haciendo los comercios más agradables para estar.
Direcciones. Todas las ofertas y ventas especiales se encuentran a la derecha de la entrada porque… uno tiende a girar hacia la derecha ni bien entra a un comercio. Está científicamente comprobado, no me rompas las pelotas.

La banda sonora no es nada azarosa, tampoco. Ha sido perfectamente diseñada para incentivar el consumo y afectar nuestra conducta. La primera compañía dedicada a la creación de piezas para Shop… Centros Comerciales fue la Corporación Muzak, líder en el mercado desde 1928.

Silencio. Es la peste, la muerte de un vendedor, el fracaso total de Adam Smith y sus teorías económicas. El sonido del silencio es una oportunidad de venta desaprovechada.
Rápidos y furiosos o lentos (y furiosos). Los locales de comida utilizan música rápida porque está demostrado que incrementan la velocidad en que masticamos. Los locales de artículos varios, en cambio, utilizan ritmos más lentos porque aumentan hasta un 35 por ciento las ventas.
Colores y sabores. La ropa de colores llamativos se vende mejor en locales con música más moderna (y estridente). Lo contrario ocurre con la ropa más sobria y de tonos más apagados.
Lo barato sale ruidoso. Ofertas, artículos baratos o en rebaja, a mitad de precio o con defectos, siempre se encontrarán en los entornos más ruidosos para provocar el mayor rechazo y que nos quedemos el menor tiempo posible en el comercio.
Nada de diversión. La música es buena pero si es demasiado buena, nos quedamos escuchando el tema y nos olvidamos de gastar.
Puede fallar. La sobresaturación de música ambiental también hace que nos inmunicemos a sus efectos. AEI Music Network (entre cuyos clientes se encuentran GAP y Banana Republic) creó una estrategia que consiste en que asociemos una banda sonora X con un local Y. Muerte a la música sutil, que vivan las ondas potentes, estridentes y para nada invisibles. Por ejemplo, la banda sonora de Nike combina rock contemporáneo con el sonido de pelotas de baskett y tenis rebotando.

Las catacumbas. Ni siquiera la experiencia de echarse un cloro está fuera del esquema coercitivo de un Shoppi… Centro Comercial. A pesar de la fiesta de sentidos, luces y sonidos, los baños suelen ubicarse al final de corredores oscuros y lóbregos. Esto sirve a dos propósitos: son difíciles de encontrar porque apelan a la pereza crónica que te obliga a hacer un esfuerzo extra, para no hacer un esfuerzo extra (y seguir gastando). Y sirven como descanso a la saturación sensorial a la que somos expuestos. Estos tonos oscuros, y largas caminatas, sirven para que uno afloje la mente y la predisponga para empezar de cero el frenesí capitalista. Una especie de vomitorium mental.
Paja de irse. La pésima organización espacial de los estacionamientos tampoco es una casualidad. Están específicamente diseñados para ser difíciles de entender y hacernos perder tiempo “buscando el auto”. De esta manera, se refuerza la experiencia placentera de estar en el Shooping en contraste con la frustración de querer partir.

¡Centros Comerciales! Quise decir Centro Comer… mierda!

ACTUALIZACIÓN: los supermercados tampoco están exentos de manipulación. Por nombre dos ejemplos tenemos las golosinas apiladas cerca de las cajas de cobro y las ofertas especiales en diferentes días de la semana.

Golosinas. ¿Sabían que existe una ley en Argentina que obliga a los supermercados a tener abiertas todas las cajas de cobro? Sí, y no se cumple. Esta ley intenta frenar la “compra casual” de productos que no necesitamos ni queremos pero… como están a mano. ¿Qué tenemos cerca de las cajas de cobro? Golosinas, snacks y gaseosas y “por qué no comprar una barrita de cereral o por qué no proba estas nuevas papas fritas con sabor Salmón Glacé con Chimichuri”, cuando nos queremos dar cuenta ¡zas! invertimos 50 pesos más de lo que pensábamos gastar. Pero si las siete cajas de la línea de cobro estuvieran disponibles y habilitadas… más cajas abiertas, menos espera le gente, menos espera menos compra.

Jueves Mujer. O Martes de descuentos. ¿A quién puta se le ocurre poner descuentos especiales un día de semana? A alguien que no quiere contratar más empleados, por ejemplo. Los supermercados, shoopings, comercios afines y hasta bares, evalúan los días de menor concurrencia y colocan sus ofertas allí. De esta manera, desvían la gran cantidad de gente de los fines de semana y los distribuyen en los días más flojos. Así alientan el consumo pero también evitan “desgastar” a sus empleados. Si no existieran estas ofertas de mitad de semana, iríamos como ratas rabiosas en nuestros días libres, los locales estarían hasta las tetas, la compra sería insufrible, y los empleadores se verían obligados a contratar más personal para suplir la demanda. Y nadie quiero eso, ¿no?

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(el fiord)

¿Y por qué, si a fin de cuentas la criatura resultó tan miserable -en lo que hace al tamaño, entendámonos- ella profería semejantes alaridos, arrancándose los pelos a manotazos y abalanzando ferozmente las nalgas contra el atigrado colchón? Arremetía, descansaba; abría las piernas y la raya vaginal se le dilataba en círculo permitiendo ver la afloración de un huevo bastante puntiagudo, que era la cabeza del chico. Después de cada pujo parecía que la cabeza iba a salir: amenazaba, pero no salía; volvíase en rápido retroceso de fusil, lo cual para la parturienta significaba la renovación centuplicada de todo su dolor. Entonces, El Loco Rodríguez, desnudo, con el látigo que daba pavor arrollado a la cintura -El Loco Rodríguez, padre del engendro remolón, aclaremos-, plantaba sus codos en el vientre de la mujer y hacía fuerza y más fuerza. Sin embargo, Carla Greta Terón no paría. Y era evidente que cada vez que el engendro practicaba su ágil retroceso, laceraba -en fin- la dulce entraña maternal, la dulce tripa que lo contenía, que no lo podía vomitar.

Se producía una nueva laceración en su baúl ventral e instantáneamente Carla Greta Terón dejaba escapar un grito horrible que hacía rechinar los flejes de la cama. El Loco Rodríguez aprovechaba la oportunidad para machacarle la boca con un puño de hierro. Así, reventábale los labios, quebrábale los dientes; éstos, perlados de sangre, yacían en gran número alrededor de la cabecera del lecho. Preso de la ira, al Loco se le combaban los bíceps, y sus ya de por sí enormes testículos agigantábanse aun más. Las venas del cuello, también, se le hinchaban y retorcían: parecían raíces de añosos árboles; un sudor espeso le bañaba las espaldas; las uñas de los pies le sangraban de tanto querer hincarse en las baldosas del piso. Todo su cuerpo magnífico brillaba, empapado. Un brillo de fraude y neón.

Hizo restallar el látigo, El Loco en varias ocasiones; empero, los gritos de Carla Greta Terón no cesaban; peor aún: tornábanse desafiantes, cobraban un no sé qué provocador. La pastosa sangre continuábale manándole de la boca y de la raya vaginal; defecaba, además, sin cesar todo el tiempo. Tratábase -confesémoslo- de una caca demasiado aguachenta, que llegaba, incluso, a amarronarle los cabellos. El Loco, en virtud de ser él quien la había preñado, cumplía la labor humanitaria de desagotar la catrera: manejaba la pala como hábil fogonero y a la mierda la tiraba al fuego.

Vino otro pujo. El Loco le bordó el cuerpo a trallazos (y dale dale dale). Le pegó también latigazos en los ojos como se estila con los caballos malleros. El huevo bastante puntiagudo, entonces, afloró un poco más, estuvo a punto de pasar a la emergencia definitiva y total. Pero no. Retrocedió, ágil, lacerante, antihigiénico. Desesperadamente El Loco se le subió encima a la Carla Greta Terón. Vimos cómo él se sobaba el pito sin disimulo, asumiendo su acto ante los otros. El pito se fue irguiendo con lentitud; su parte inferior se puso tensa, dura, maciza, hasta cobrar la exacta forma del asta de un buey. Y arrasando entró en la sangrante vagina. Carla Greta Terón relinchó una vez más: quizás pretendía desgarrarnos. Empero, ya no tenía escapatoria, ni la más mínima posibilidad de escapatoria: El Loco ya la cojía a su manera, corcoveando encima de ella, clavándole las espuelas y sin perderse la ocasión de estrellarle el cráneo contra el acerado respaldar. Read More