(Diario de un adicto al dinero + La Fila)

Este es un texto que escribí para Revista Kirk que, a su vez, es una remake de una serie de post que hice circa 2009. La idea era incluir una larga hilera de personajes de diversas clases, contextura física y proporciones, esperando por una entrevista laboral. A continuación el texto original, el boceto para la nota y la fila, en toda su calamitosa extensión. 

Diseño para su publicación en Revista Kirk!

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Así comienza:

Buenos días,

Mi nombre es XX XX, estoy interesado en aportar mis capacidades y buena predisposición a su emprendimiento. Soy una persona proactiva, profesional y seria, tengo mucha inclinación hacia el trato con personas, buena dicción y paciencia.
Si ustedes creen que poseo las características necesarias para trabajar juntos, podemos concretar una reunión para ultimar detalles.

Atentamente, XX XX

¿Existe algo más patético que una persona que intenta venderse a sí misma? Sí, una que no sabe cómo.
Todo comenzó cuando me puse las bolas y rajé a la mierda de mi laburo de telemarketer. Al principio, la movida fue recibida con alegría por familiares y amigos: finalmente dejaría de responder “Me quiero pegar un tiro en las bolas” a cada “¿Cómo estás?”.

Pasé una temporada de dandy bacán invitador de cocteles, alma de la fiesta y gatillo fácil del entretenimiento. Luego, la realidad interrumpió mis planes y me quedé sin un centavo, sin trabajo, sin ningún otro título más que el secundario y viviendo de prestado en lo de mis padres. Una joyita de 26 años, barbudo, grasoso y que ha derrotado más anti-transparentes que el gas mostaza.

Como decía antes, autopromocionarme es un arte cuyos secretos me eluden. Y es gracioso como la mayoría de los buenos puestos piden gente con experiencia, graduados en tal o cual carrera universitaria y que no superen los 21 años. O yo he malgastado mi tiempo, o alguien no tiene expectativas muy realistas. Lo peor, es que existe gente que cumple ese perfil. En mi trabajo anterior, había un flaco que obtuvo el doctorado en Psiquiatría a los 20, la Licenciatura en Literatura Comparada a los 23 y el grado summa cum laude en Ingeniería Eléctrica a los 25. Era el portero más sobre-calificado que conocí en mi vida. Mi primera resolución, cuando decidí “volver a ofrecer mí fuerza de trabajo”, era no volver a pisar otro Call Center. Antes la muerte. Y estoy seguro que alguno se está preguntando “¿qué tan malo puedo ser?”. Bueno, permítanme ilustrarlos.

Imagínate que estás arriba de un carro de madera que es tirado por una locomotora. No tenés agarraderas, ni otra forma para sostenerte que tus uñas. El viento en contra, como corresponde. Desde el vagón de enfrente, alguien te arroja naranjas que, gracias al milagro de la cinética, adquieren una velocidad y fuerzas astronómicas. Al mismo tiempo, estás obligado a explicarle a un inmigrante ilegal en los Estados Unidos, que en su vida usó una computadora, cómo configurar un modem wi-fi; demostrando, por supuesto, ser una persona proactiva, profesional, seria, con mucha inclinación hacia el trato con personas, buena dicción y paciencia. Read More

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(Autobiografía literaria de Thingum Bob, Esq. de Edgar Allan Poe)

broadway journal

Dado que mis años van en aumento y, según tengo entendido, tanto Shakespeare como Mr. Emmons fallecieron alguna vez, no es imposible que hasta yo tenga que morir. He pensado, pues, que bien podía retirarme del campo de las letras y dormir en mis laureles. Pero ansío dejar señalada mi abdicación del cetro literario con algún importante legado a la posteridad, y quizá nada mejor para ello que narrar la historia de los primeros tiempos de mi carrera. Tanto y tan constantemente ha brillado mi nombre ante los ojos del público, que no sólo estoy dispuesto a admitir lo natural de ese interés universalmente provocado, sino a satisfacer la extrema curiosidad que inspiró siempre. Por lo demás, constituye un deber de aquel que ha llegado a la grandeza dejar en su ascenso los hitos necesarios para guiar a los otros que ascenderán a su vez. Me propongo, pues, detallar en este artículo (que estuve a punto de titular «Datos para servir a la historia literaria de Norteamérica») esos importantes, aunque débiles y vacilantes primeros pasos por los cuales llegué a la larga al pináculo del renombre humano. Read More

(el fiord)

¿Y por qué, si a fin de cuentas la criatura resultó tan miserable -en lo que hace al tamaño, entendámonos- ella profería semejantes alaridos, arrancándose los pelos a manotazos y abalanzando ferozmente las nalgas contra el atigrado colchón? Arremetía, descansaba; abría las piernas y la raya vaginal se le dilataba en círculo permitiendo ver la afloración de un huevo bastante puntiagudo, que era la cabeza del chico. Después de cada pujo parecía que la cabeza iba a salir: amenazaba, pero no salía; volvíase en rápido retroceso de fusil, lo cual para la parturienta significaba la renovación centuplicada de todo su dolor. Entonces, El Loco Rodríguez, desnudo, con el látigo que daba pavor arrollado a la cintura -El Loco Rodríguez, padre del engendro remolón, aclaremos-, plantaba sus codos en el vientre de la mujer y hacía fuerza y más fuerza. Sin embargo, Carla Greta Terón no paría. Y era evidente que cada vez que el engendro practicaba su ágil retroceso, laceraba -en fin- la dulce entraña maternal, la dulce tripa que lo contenía, que no lo podía vomitar.

Se producía una nueva laceración en su baúl ventral e instantáneamente Carla Greta Terón dejaba escapar un grito horrible que hacía rechinar los flejes de la cama. El Loco Rodríguez aprovechaba la oportunidad para machacarle la boca con un puño de hierro. Así, reventábale los labios, quebrábale los dientes; éstos, perlados de sangre, yacían en gran número alrededor de la cabecera del lecho. Preso de la ira, al Loco se le combaban los bíceps, y sus ya de por sí enormes testículos agigantábanse aun más. Las venas del cuello, también, se le hinchaban y retorcían: parecían raíces de añosos árboles; un sudor espeso le bañaba las espaldas; las uñas de los pies le sangraban de tanto querer hincarse en las baldosas del piso. Todo su cuerpo magnífico brillaba, empapado. Un brillo de fraude y neón.

Hizo restallar el látigo, El Loco en varias ocasiones; empero, los gritos de Carla Greta Terón no cesaban; peor aún: tornábanse desafiantes, cobraban un no sé qué provocador. La pastosa sangre continuábale manándole de la boca y de la raya vaginal; defecaba, además, sin cesar todo el tiempo. Tratábase -confesémoslo- de una caca demasiado aguachenta, que llegaba, incluso, a amarronarle los cabellos. El Loco, en virtud de ser él quien la había preñado, cumplía la labor humanitaria de desagotar la catrera: manejaba la pala como hábil fogonero y a la mierda la tiraba al fuego.

Vino otro pujo. El Loco le bordó el cuerpo a trallazos (y dale dale dale). Le pegó también latigazos en los ojos como se estila con los caballos malleros. El huevo bastante puntiagudo, entonces, afloró un poco más, estuvo a punto de pasar a la emergencia definitiva y total. Pero no. Retrocedió, ágil, lacerante, antihigiénico. Desesperadamente El Loco se le subió encima a la Carla Greta Terón. Vimos cómo él se sobaba el pito sin disimulo, asumiendo su acto ante los otros. El pito se fue irguiendo con lentitud; su parte inferior se puso tensa, dura, maciza, hasta cobrar la exacta forma del asta de un buey. Y arrasando entró en la sangrante vagina. Carla Greta Terón relinchó una vez más: quizás pretendía desgarrarnos. Empero, ya no tenía escapatoria, ni la más mínima posibilidad de escapatoria: El Loco ya la cojía a su manera, corcoveando encima de ella, clavándole las espuelas y sin perderse la ocasión de estrellarle el cráneo contra el acerado respaldar. Read More

(hago listas, luego existo)

to-do-list-nothing

Haga una lista

por Juan Tallón

desde JotDown

Cuando el cabo de la Guardia Civil palpó los bolsillos de Andrés V.T., por si acaso, halló en la camisa un mechero del Partido Popular en las últimas y un papel doblado en dos, arrugado y grasiento, con un lejano olor a empanada de congrio. No tuvo valor suficiente para abrirlo y se lo entregó a la juez de guardia, que estaba a su lado. Esta, después de darle lectura, agilizó el levantamiento del cadáver. Aquel trozo de papel contenía una lista redactada a bolígrafo, en una columna, con proliferación de infinitivos en muy mala letra. Solo aplicando cierto esfuerzo deductivo podía leerse: “Injertar castaño. Dar de comer a gallinas. Recoger huevos. Pagar fontanero. Ir a putas. Cerrar bombona. Perro. Matarme”. La investigación posterior corroboró que, en efecto, antes de suicidarse con sulfato de amonio para fertilizar las vides, Andrés (63 años, soltero, sin familia directa) había llevado a cabo todos los propósitos que recogía la lista, incluyendo una estancia de media hora con una de las chicas de El Francés y el ahorcamiento de su setter inglés. Sobre cada tarea, por así decir, la víctima había trazado sucesivamente una tachadura, a modo de “resuelto”.

Esto sucedió hace catorce años en una localidad del interior de Ourense, en la frontera con Portugal. Es una historia más sobre la vida y la muerte del hombre solo, pero también un capítulo en la prolífica historia de las listas. Está entre las atroces, imposibles de olvidar. Y nos revela que ni en las peores circunstancias las personas dejamos de elaborar listas. Es una maniobra primaria. Naces, creces, follas —a poca suerte que tengas—, haces listas, mueres. En el fondo, la vida son unos pocos verbos separados por comas y, muchas veces, mala letra. Es decir, la vida es una lista. Read More

(la observación de los pájaros)

Fontanarrosa, el difícil arte de contar sencillo

Roberto Fontanarrosa fue uno de los mejores narradores argentinos. Lejos de los círculos literarios y de sus coetáneos, el Negro supo cultivar un público lector a vez popular y culto. Este corto (del ciclo “cuentos de Fontanarrosa“) ejemplifica esta unión entre lo lírico y el barrio: un cristiano común que cavila sobre la densidad del tiempo y pondera, además, las gastadas que se va a morfar si el club de sus amores pierde el clásico. Hasta el vuelo de los pájaros, suena como un augurio amargo.

Disputa legal por los derechos de su obra, la crónica en Orsai

Reedición de algunos de sus libros (a un precio prohibitivo para todo aquel que quiera llegar a fin de mes)

Medieval times (cuento)

Mamá (cuento)

(no te juntes con esa CHUSMA)

Los Caníbales de Jean Teulé, 125 páginas, Saldo 25 pesos, librerías Dickens (Corrientes 1367), Ediciones B

Pocas veces he terminado un libro en un sólo día. Me pasó con la analítica Crímenes Imperceptibles de Guillermo Martínez (cuya endeble trama policíaca está magníficamente disfrazada), El Proceso de Kafka (cuya extrema comicidad me sorprendió por completo) y con No habrá más penas ni olvido del maravilloso Osvaldo Soriano (aunque mi novela favorita sigue siendo Cuarteles de Invierno, que terminé hace poco). Y con este tour de force

Basado en uno de los hechos más vergonzosos de la historia francesa, Teulé recupera el asombroso asesinato de Alain de Monéys, un joven feriante, amable e inteligente, que al cabo de unas horas de llegar a la feria del pueblo vecino fue torturado, quemado e incluso devorado por la muchedumbre. Si bien es cierto que a mediados de 1870, Francia se hallaba angustiada por la guerra contra Prusia y el pueblo sufría los efectos de una sequía excepcional, nada parece explicar que por una supuesta frase antinacionalista y una falsa acusación de espionaje, más de seiscientas personas se entregaran durante horas a realizar las peores atrocidades posibles…

Un malentendido desata el lado más horrendo del nacionalismo, cuando seiscientas personas descargan sus miedos y frustraciones sobre un, supuesto, enemigo de la Nación. Jean Teulé, guionista de cine, televisión y comic, relata con eficacia una historia que, de no estar inspirada en hechos reales, podría resultar imposible. Para ello, decide utilizar un estilo minimalista y casi desprovisto de adjetivos en las secuencias de tortura y, sólo en partes muy específicas, deja volar la metáfora. Otro punto interesante en la construcción del Relato, es cuando intercala la acción de un personaje sobre nuestro protagonista (ya sea golpeándolo, meándole encima, arrancándole las falanges del pie con una pinza, o comiendo sus restos), con detalles sobre la buena relación entre ese mismo personaje y Alain. Esas breves inserciones, no más extensas que una oración, son verdaderamente escalofriantes.

Y también están las situaciones cómicas. El libro cuenta dos o tres momentos que llevan al lector hacia la carcajada, y después incomodan, al darnos cuenta de la situación en la que estamos inmersos.

Creo que pensé en The Passion of the Christ cuando leía: en cierta forma Alain es un ser indefenso ante la injusticia, arrojado al mundo para ser exterminado sin piedad. Aunque, por suerte, Teulé no ahonda en estas comparaciones, sí, ciertos pasajes donde Alain intenta escapar, aunque sea mentalmente del horror, que recuerdan al filme de Gibson. Pero ahí terminan las comparaciones porque, por suerte, Los Caníbales (“Mangez-le si vous voulez” en el original, que se traduce “Cómanlo si quieren”) es una obra disfrutable de principio a fin, la frutilla oscura de un postre que nos recuerda que los humanos son peligrosos, y están por todas partes.

Curiosidades

El hecho real tuvo lugar el 16 de agosto de 1870, en medio de la Guerra franco-prusiana, declarada el 19 de Julio de ese año y finalizada en Mayo del siguiente.

La guerra fue un fracaso para Francia, que no estaba militarmente preparada para el conflicto, y acabó con el reinado de Napoleón III.

Se considera que una de las causas del enfrentamiento, fue la pérdida de poder francés debido a la alianza entre Prusia y Alemania (que terminarían unificados bajo el reinado de Wilhem I)

El pueblo donde ocurrieron los hechos, Hautefaye, no ha podido sacarse el estigma de “el pueblo de la masacre”.

Lavaud Noemie, quién no es mencionado en la novela pero fue testigo directo de la locura, murió a los 92 años en 1953.

Al cumplirse los 100 años, se celebró una “misa del perdón” en Hautefaye junto a los descendientes directos tanto de Alain como de sus asesinos.

Alain De Monéys tenía 28 años.

(The Pillowman)

De Martin McDonagh

Había una vez… un hombre, que no se parecía a los hombres normales.

Medía casi 2 mts. Y medio de alto y estaba totalmente hecho de almohadas esponjosas color rosa; sus brazos eran almohadas, sus piernas eran almohadas y su cuerpo era una almohada. Sus dedos eran pequeñas almohaditas y su cabeza era una gran almohada redonda. Sus ojos eran como dos botones y su boca era grande y sonriente. Hasta se le podían ver los dientes, que también eran pequeñas almohaditas blancas.

Bien, el hombre almohada tenía que verse suave y seguro porque su trabajo era muy triste y difícil…

En los momentos en los que alguna persona estaba muy triste porque había tenido una vida atroz y solo quería terminar con ella; sólo quería quitarse la vida para así deshacerse del dolor, con una hoja de afeitar, con una bala, inhalando gas, o saltando de algún lugar muy alto … Exactamente en ese momento, el hombre almohada lo encontraba, se sentaba a su lado, lo abrazaba suavemente, y le decía: -“Espera un momento”- y extrañamente el hombre almohada volvía el tiempo atrás, cuando esa persona era apenas un niño y la vida horrorosa que iba a tener aún no había empezado.

El trabajo del hombre almohada era hacer que ese niño o niña se suicidara, y así evitar los años de dolor que los llevaría, de todos modos, al mismo lugar: frente a un horno, frente a una pistola, frente a un lago.

-“¡Pero nunca escuché de un niño suicidándose!”- podrían decir. Bueno, el hombre almohada siempre sugería que lo hicieran de una manera que se viera como un trágico accidente: les mostraba el frasco de pastillas que se veían como caramelos, les mostraba el lugar del río donde el hielo era más frágil, les mostraba la bolsa de plástico que no tenía agujeros para respirar y exactamente como ajustarla…

Pero no todos los niños querían seguir al hombre almohada. Hubo una niña, muy alegre, quien realmente no creyó cuando éste le dijo que su vida podría ser horrible, que su vida sería así… Entonces lo echó y el hombre almohada se fue llorando a mares.

A la noche siguiente la niña escuchó un golpe en la puerta de su habitación y dijo –“¡Ándate hombre almohada, te he dicho que soy feliz, siempre he sido feliz y siempre seré feliz!”- Pero no era el hombre almohada. Era otro hombre y su mamá no estaba en casa. Y este hombre la visitaba cada vez que su mamá no estaba… Tiempo después ella se puso muy triste, y cuando tenía veintiún años y estaba sentada frente al horno a punto de suicidarse, le dijo al hombre almohada: – “¿Por qué no trataste de convencerme?”- Y él le respondió – “Traté de convencerte, pero eras demasiado feliz”- Y la niña, mientras encendió el gas, gritó lo más fuerte que pudo: -“¡Yo nunca he sido feliz!”-

Cuando el hombre almohada tenía éxito en su trabajo, un niño moría de forma horrible. Y cuando el hombre almohada no tenía éxito, un niño tendría una horrible vida, crecería, sería un adulto que tendría una vida horrible, y moriría de forma horrible. Por esta razón, el hombre almohada lloraba todo el día.

Fue así que decidió hacer su último trabajo: cargó una pequeña lata de nafta y fue hasta un hermoso arroyo que él recordaba de cuando era niño.

Cuando llegó, se sentó bajo un árbol y descubrió que a su alrededor había un montón de juguetes; un autito, un perrito de juguete y un kaleidoscopio. Cerca de allí había una casa rodante y el hombre almohada escuchó la voz de un niño que decía: -“Voy a salir a jugar, mamá”- y la mamá le dijo: -“No vuelvas tarde para tu merienda, hijo”- “No, mamá”-, respondió el niño. El hombre almohada escuchó pasitos que se acercaban… Pero no eran de un niño, eran de un pequeño niño almohada que dijo: -“Hola”- y el hombre almohada dijo: -“Hola”-. Los dos se sentaron bajo el árbol y jugaron un rato con los juguetes… El hombre almohada le contó sobre su trabajo triste y los niños muertos. El pequeño niño almohada entendió enseguida, porque él era un niño muy feliz, y sólo quería ayudar a la gente. Y sin decir una palabra más, el niño almohada se echó encima la lata de nafta y el hombre almohada dijo: -“Gracias”-, el niño almohada dijo: -“No hay problema. Le contas a mi mamá que no voy a volver a tomar el té”- y el hombre almohada dijo mintiendo: -“Sí, por supuesto”-. El niño almohada encendió un fósforo, y el hombre almohada se sentó allí viendo como el niño se quemaba. El hombre almohada, empezó a desvanecerse y lo último que vio fue la boca feliz y sonriente del niño almohada. Lo último que escuchó fue algo que ni siquiera había contemplado. Los gritos de cientos de miles de niños a quienes él había ayudado a suicidarse, volviendo a la vida y teniendo que seguir adelante con sus frías y desdichadas vidas porque él no había estado allí para prevenirlos. Hasta escuchó los gritos de sus muertes, tristemente autoinflingidos, que esta vez, claro, iban a tener que cometer completamente solos.

(el INDIGno)

¿Existirá el concepto de “remake literario“? No es difícil encontrarlo en el cine, donde la escases de ideas lleva a re-versionar ideas, realidades y narrativas. Pero el mundo de la literario, del relato lingüístico, contempla que un escritor rehaga la historia de otro? La obra en su totalidad de Borges está plagada de homenajes, citas a libros, metatextualidad. Borges fue un escritor con la mirada puesta en Europa y, en muchísimo menor medida, en Estados Unidos, poco y casi nada de su obra está embarrada por Latinoamérica. Si uno revisa sus libros, no encontrará referencias hacia escritores contemporáneos. Esto, que puede considerar casi como una posición elitista, se rompe cuando edita El Informe de Brodie (o “Brodie” a secas, según el librero) volumen de cuentos que incluye El Indigno, remake, poco encubierto, del capítulo final de El Juguete Rabioso de Roberto Arlt, otro grande de la literatura. Este cuento constituye para , el primer, y creo que único, remake del mundo literario. Un pequeña joya que constituye el homenaje de Borges hacia un escritor que siempre admiró.

Judas Iscariote, de Roberto Arlt, cuarta parte de El Juguete Rabioso

El indigno

de Jorge Luis Borges

La imagen que tenemos de la ciudad siempre es algo anacrónica. El café ha degenerado en bar; el zaguán que nos dejaba entrever los patios y la parra es ahora un borroso corredor con un ascensor en el fondo. Así, yo creí durante años que a determinada altura de Talcahuano me esperaba la Librería Buenos Aires; una mañana comprobé que la había reemplazado una casa de antigüedades y me dijeron que don Santiago Fischbein, el dueño, había fallecido. Era más bien obeso; recuerdo menos sus facciones que nuestros largos diálogos. Firme y tranquilo, solía condenar el sionismo, que haría del judío un hombre común, atado, como todos los otros, a una sola tradición y un solo país, sin las complejidades y discordias que ahora lo enriquecen. Estaba compilando, me dijo, una copiosa antología de la obra de Baruch Spinoza, aligerada de todo ese aparato euclidiano que traba la lectura y que da a la fantástica teoría un rigor ilusorio. Me mostró, y no quiso venderme, un curioso ejemplar de la Kabbala denudata de Rosenroth, pero en mi biblioteca hay algunos libros de Ginsburg y de Waite que llevan su sello.

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(CoN C DE aRTe: “ThE ShADOw” de howARd CHaYKiN)

El comic americano de los ’80 es probablemente mi favorito. Durante esta década vieron la luz obras como Batman: Year One y Born Again de Frank Miller y David Mazzucchelli; los Fantastic Four de John Byrne; y la etapa de Walter Simonson al mando de Thor. Acá pueden leer un completísimo informe sobre por qué los ’80 rules en el comic americano.

Dentro de esta vorágine creativa, Howard Chaykin parió sus mejores historias: American Flagg!, Black Kiss y, por supuesto, The Shadow, sin duda mi favorita.

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Sobre “In cold blood” y “Operación masacre”

Sólo quiero aclarar un pequeño detalle que la Historia Oficial se ha encargado de mal reproducir, en post de crear un héroe martir de nuestro tiempo. En 1957 el argentino Rodolfo Walsh sacó a la luz “Operación masacre” un testimonio del fusilamiento de disidentes políticos en José León Suárez; creando, de paso, el género de la literatura de no ficción. En 1966, el norteamericano Truman Capote dió vida a “In cold blood”, novelización de un crimen real sucedido en la pequeña ciudad de Holcomb, Kansas. Como los vencedores escriben la historia, el hemisferio favoreció a Capote y este es el indiscutido creador de la nom fiction novel y Walsh el gran olvidado.

Error.

Hechos: sí, las fechas de edición parecerían darle la razón a Walsh pero, y esto es importante, es necesario aclarar que su libro fue una recopilación. La investigación que llevó a cabo y sus resultados fueron primero publicados en la Revista Mayoría, material que luego constituiría el libro Operación Masacre. Las primeras ediciones no fueron, entonces, obras de literatura sino material puramente periodístico. No sería hasta cerca de la novena edición (circa 1970) que Walsh ficcionalizaría el relato. Por lo tanto, y por mucho que le pese a quienes curten el palo de la historia oficial, la verdad es que Capote sí inventó la novela de no ficción.

Esto no le resta ninguna importancia al tremendo valor, tanto testimonial como literario, de la novela de Walsh pero ya va siendo hora que cuando se lleven la boca hablando de él, lo hagan con propiedad.

Enlaces Externos:

Operación Masacre

In cold blood